Cuando comparten se multiplican (Ojarasca)

La mejor acción nace de la palabra bien pensada y consensada, la que va de la mano de los pueblos reunidos con su lengua de cada uno, con su paisaje propio de territorio y espíritu.
25.Ago.2014 | Fuente: Ojarasca


Mantenerse en la palabra. Respetarla. Cumplirla. Jamás venderla ni traicionarla. Cuidarla. Cultivarla. Pensarla. Escribirla. Platicarla. El recurso más principal de los pueblos, por siglos, ha sido su palabra. Los intercambios con ella emprendidos. La plegaria, el mito originario, el testimonio directo, la demanda comunal y el compromiso pasan por ella. Quien no la honra la viola, traiciona, destruye. Bien lo han sabido los colonizadores siempre, de Hernán Cortés y los suyos a Enrique Peña Nieto & Co. Impedir la voz del indio, negarla, demolerla (con ocasionales maquillajes) es una forma artera de anular sus alientos. No han dejado de intentarlo los poderes, hace pronto serán 500 años en esta Mesoamérica que quién sabe cómo le hace pero todavía resiste.

La colonización interminable busca siempre aislarlos uno de otros, dispersarlos, exilarlos, acasillarlos, mermarlos y cada que se pueda, enfrentarlos entre sí hasta que se maten.

Por eso, que hablen y se platiquen, reúnan a compartir y acordar, entre más todos, mejor, es el antídoto seguro contra la venenosa guerra de exterminio que les tienen declarada los gobiernos nacionales en los recientes lustros. El único antídoto. Intercambiar la palabra, los idiomas, las historias de dolor y resistencia que la respaldan es el camino de la paz y la armonía posible ante las hostilidades del mundo.

La palabra, ceremonial y justa, cotidiana y clara, es igual que la tierra: ahí cultivan, ahí cosechan, ahí viven. Cuando comparten se multiplican. No que no se vengan hablando hace rato, no que no posean ríos de comunicación profundos entre sus montañas distintas para platicarse incluso cuando parecen callados. Todos los esfuerzos por juntar la solidez de las palabras comunes y colectivas –que se expresan con la verdad que dicta la experiencia de lo real– son indispensables para no perder el aire.

Al poder, violador permanente de ese recurso natural en cuanto humano de la palabra empeñada, no le cae en gracia que los indios se anden juntando para platicar con palabras fuera de su control. Eso es una buena señal, aunque implique riesgos, ya ven lo que es la represión en cualquier territorio indígena de México. Unidos en el acuerdo, son los mexicanos mejor preparados para resistir y echar abajo la patética Constitución reformada, en la letra, o por lo menos en los hechos. Impedir los desalojos, las desecaciones, las pavimentaciones, las excavaciones, los envenenamientos, las fracturas del territorio que, siendo de los pueblos, es de México. En obediencia a sus jefes externos, eso es precisamente lo que no quieren los gobiernos: que México sea de los pueblos, que es igual a decir que no quieren que sea nuestro.

La mejor acción nace de la palabra bien pensada y consensada, la que va de la mano de los pueblos reunidos con su lengua de cada uno, con su paisaje propio de territorio y espíritu.

Como los mitos antiguos, las luchas de resistencia enseñan que la palabra es el principio. A partir de ella, dicha con verdad, todo se puede