Entrevista a Sylvia Marcos: “El gobierno autónomo zapatista le da más espacios de autoridad a las mujeres”

La ley revolucionaria de las mujeres también ha sido importante, prohíbe el maltrato a las mujeres. En sus asambleas las mujeres exponen cuando su marido les golpea y se aplica la ley. Nada de que denuncian a la policía y luego las matan como ocurre en España
05.Feb.2015 | Autoría: Sylvia Marcos | Fuente: http://www.pikaramagazine.com

Sylvia Marcos forma parte de la Red de Feminismos Descoloniales, un grupo plural de activistas y académicas que andan de gira por México presentando ‘Más allá del feminismo. Caminos por andar’, una serie de ensayos situados de su propia autoría que buscan contribuir a la tradición intelectual feminista desde “abajo y la izquierda”. Plantean la necesidad de descolonizar el feminismo y ponerlo en diálogo con otra voces femeninas, como las de las mujeres zapatistas. Aprovechando el 20 aniversario del zapatismo y el paso de Sylvia por Oaxaca, charlamos con ella sobre mujeres, zapatismo y autonomía.
 
Corría el año 93, Sylvia Marcos caminaba por los pasillos de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) cuando un chavo le entregó una folleto y desapareció. Era el primer boletín oficial del zapatismo. Al abrirlo se encontró con la Ley Revolucionaria de las mujeres zapatistas , una propuesta que se había consensuado por todas las comunidades en resistencia, cuando el zapatismo aún estaba en clandestinidad. Esta ley aparecía junto a la ley Agraria por el derecho al territorio.
 
No era como otros movimientos guerrilleros en los que había participado durante años y donde “el machismo-leninismo era enorme”, pensó entonces esta feminista mexicana. En el zapatismo había una apuesta explícita por los derechos de las mujeres. Era una novedad histórica. “Al ver a todas esas mujeres tan fuertes en puestos de autoridad me enamoré del zapatismo”.
 
Hoy, Sylvia, antropóloga y psicóloga de formación, sigue emocionándose cuando habla del zapatismo, lo conoce desde dentro, no faltó a su 20 aniversario en el caracol Oventic el 31 diciembre. También ha escrito diversas publicaciones sobre mujeres zapatistas y feminismo indígena. Las mujeres indígenas le han enseñado mucho, han dado un vuelco a su espistemología, a su feminismo.
 
La apuesta por los derechos de las mujeres dentro del zapatismo es todavía hoy uno de sus aportes menos conocidos, ¿por qué?
 
Yo no creo que esté invisibilizado por el zapatismo, en tanto que uno de los cuatro libros que hicieron para la Escuelita [encuentro formativo de convivencia celebrado en 2013] es exclusivo sobre la participación de las mujeres en el gobierno autónomo. Son ciertos intelectuales que se convierten casi en voceros del zapatismo a los que les vale madre la ley revolucionaria de mujeres porque están instalados en las perspectivas patriarcales. De los trescientos y pico intelectuales que fuimos a la Escuelita, ¿quién escribió sobre lo evidente? Que la mitad eran hombres y la mitad mujeres: los votanes (guardianes) eran hombres y mujeres; los profesores eran hombres y mujeres; abrieron el evento cuatro comandantes y lo cerraron cuatro comandantas, ni uno más ni uno menos. Nadie lo notó. Fui la única que señaló la participación igualitaria de los y las zapatistas, participaron a la par pero no en sentido numérico.
 
Dices que las mujeres zapatistas han logrado lo que nosotras, las feministas de afuera, no hemos logrado, ¿nos puedes contar algunos logros que observas en estos 20 años de resistencia zapatista?
 
Si observas el papel de la mujeres afuera a nivel político y médico y lo comparas con lo que hacen las mujeres zapatistas dentro de su autonomía, las segundas han avanzado más. Pero hay que contextualizarlo en el tipo de gobierno autónomo, que es un proyecto nuevo muy precursor y le da mucho espacio de autoridad a las mujeres. En las culturas indígenas hay espacios de poder interno reservados exclusivamente para las mujeres, y el zapatismo, cuando se vuelve una demanda de justicia social, lo retoma y lo vuelve parte de su proyecto político.
 
La mujeres indígenas siempre han gozado de saberes (curanderas, parteras) que han sido minusvalorados en el mundo urbano, por la gente de clase media o mestiza. El zapatismo, sin embargo, empieza a estudiar la medicina tradicional, no porque es tradición y ahí se quedó, es parte de su propuesta [política] porque es una medicina más amable con el cuerpo, es naturista, holística, y tiene espacio también para fusionarse cuando se necesita con la medicina alopática.
 
El zapatismo privilegia a las mujeres para ejercer el saber médico, las únicas que tocan las cuestiones que tienen que ver con la salud de las mujeres son mujeres. Afuera no hay tal poder médico de las mujeres, los hombres tienen más clientela, se les paga mejor. La mujer siempre compite con un hombre que se le considera más sabio.
 
En cuanto a la participación política, en las Juntas de Buen Gobierno hay mujeres. Están en el nivel máximo de la autoridad, de la gobernanza autonómica, no de las comisiones de equidad de género del gobierno de afuera. Son comandantas, pero también promotoras de educación, consejeras agrónomas, van a resolver problemas de tierra…. Y muchas sin saber ni leer ni escribir, como la Comandanta Ramona, que fue todo un genio organizativo importantísimo. Para gobernar en la autonomía no es imprescindible que sepas leer y escribir. A todos les va a tocar gobernar. No tienen cuotas de género, se toman acuerdos en la asamblea comunitaria, de pronto son hombres, de pronto mujeres.
 
Esta forma de gobierno autónomo favorece entonces la equidad entre mujeres y hombres. Cuéntanos un poco más cómo se participa políticamente y cómo se toman decisiones.
 
Los puestos que tienen son transitorios, revocables y elegidos por la asamblea. Una de las propuestas del zapatismo es que todos tienen que aprender a gobernar, aunque no sean muy preparados, con que sean honestos y responsables, ya son nombrados o nombradas.
 
Los puestos de la Junta de Buen Gobierno se van sustituyendo progresivamente, no es como afuera que entra un presidente con toda su palomilla de tipos y echa fuera a los que están. Los zapatistas ponen a gente que no sabe con gente que sabe y así van aprendiendo. Tienen eso bien calculado para que en cada puesto haya un tiempo de aprendizaje, que no lleguen en blanco a algo que no saben. Aprenden a gobernar en la práctica. Nadie es imprescindible, todos son revocables. Si alguien no cumple se le revoca antes.
 
Inventaron tantas cosas… es sorprendente. Como esto de los escuchas. La mayoría, como habitantes de zonas indígenas marginadas, medio mascullaban la castilla, entonces acomodaron los caracoles a su pluralidad de lenguas (Tsotsil, Tseltal, Tojolabal, Chol y Mam): en una asamblea comunitaria elijen a chavitos y chavitas jóvenes que aprenden varios idiomas y reportan todo lo que pasa de una asamblea en una comunidad a otra. 1200 escuchas había para la compartición con el CNI (mayo de 2014).
 
En la Escuelita nos enseñaban cómo vivían, qué es la autonomía, te dabas cuenta de que han hecho todo un proceso teórico y filosófico para explicar lo que están haciendo. No es gente a la que le pasan las ideas por arriba. Teorizan a partir de su vida, de cómo lidian con lo que les llega y cómo logran sobrevivir… Están inventado el mundo, una forma de gobernar que se puede llamar democrática, aunque creo que lo que se llama comúnmente democracia se queda muy corto en comparación con lo que ellos y ellas hacen.
 
Comentas que también ha disminuido la violencia hacia las mujeres en las comunidades zapatistas, algo insólito en un país donde el feminicidio está a la orden del día. ¿Cómo ha sido posible?
 
Desaparecer el alcohol se volvió parte de la autonomía zapatista y eso bajó la violencia hacia las mujeres muchísimo. Creo que fue una de las propuestas más difíciles, la población estaba habituada a acabar borracha el día de mercado. Los que vendían trago y luego cerveza habían hecho un negocio redondo en las comunidades y habían hecho a la gente dependiente, el hombre se emborrachaba y llegaba a golpear a la mujer. Tuvo que cortarse de tajo.
 
La ley revolucionaria de las mujeres también ha sido importante, prohíbe el maltrato a las mujeres. En sus asambleas las mujeres exponen cuando su marido les golpea y se aplica la ley. Nada de que denuncian a la policía y luego las matan como ocurre en España. En México también pasa, cuando una mujer denuncia, inmediatamente peligra su vida, frecuentemente las persiguen hasta que las matan, muchas no denuncian por eso. En la zona zapatista las mujeres van a a la asamblea y exponen que el señor las maltrató como se expone cualquier conflicto comunitario. La propia asamblea propone soluciones. Es algo propio del mundo indígena. Le dan al hombre tres llamadas de atención, a la tercera lo excluyen, lo sacan, él es el que está violando la ley revolucionaria de mujeres. No digo que en todos los casos es igual, cada asamblea tiene su dinámica. Tampoco quiero decir que el camino sea fácil, es algo que se tiene que estar haciendo cotidianamente. Sigue habiendo una negociación interna permanente, he escuchado a las compañeras que tienen que recordarle a los hombres ‘lean la ley’ cuando no la están cumpliendo.
 
La violencia hacia las mujeres tiene ciertas características pero no está separada de la violencia generalizada. Si no hay homicidios dentro de la zona zapatista, la violencia hacia las mujeres también es menor. Me admira cómo lograron no dejarse permear por el narcotráfico.
 
El crimen organizado es un cáncer en México. Muchos jóvenes entran en bandas criminales porque es una de las pocas opciones de vida, ¿qué otras opciones tiene la juventud zapatista?
 
Tienen opciones de mucho trabajo… y esta dignidad. Los chavos-banda provienen de poblaciones pobres muy discriminadas, no tienen aprecio de sí mismos, le entran a cualquier cosa. En cambio esos chavitos zapatistas desde muy jóvenes saben que están haciendo este esfuerzo y que ésta es la propuesta. Tienen sensación de pertenencia en dignidad. Pero no es fácil. Cuando no le entran a ésto, salen, se van del zapatismo.
 
El zapatismo está haciendo un ensayo de cambio a todos los niveles. Han recuperado tierras, tienen su propio gobierno autónomo. ¿Crees que esta forma de gobernar autónoma es posible para las mayorías mexicanas?
 
Yo hablo de la política de lo pequeño. Siento que tiene un límite el tamaño de una propuesta así. Gobernar a 120 millones de personas, si no lo fragmentas en muchas autonomías locales, no veo cómo se puede hacer. El zapatismo está incursionando cada vez más, son 5 unidades civiles, 400/500.000 zapatistas es lo que se calcula que hay adentro de la zona. Hay que ver cómo sigue sobreviviendo esta autonomía y qué transformaciones tiene que sufrir para poder ser una propuesta más grande, o cómo habría que articularse entre varias propuestas menores o mediantamente grandes. No podemos saber hasta que se pruebe, hasta que se ponga en práctica. No puedes elaborar una propuesta abstractamente.
 
Además de la escala, ha sido importante la cosmovisión indígena, el estar habituada a la vida comunitaria.
 
Sí, esto que el zapatismo implementa – en mi opinión, con mucha facilidad-, proviene de que en los pueblos aledaños todavía es un colectivo el que gobierna. Revisa lo que llaman usos y costumbres y vas a descubrir el parentesco que tienen con la autonomía zapatista. Si vienen de una cultura y una cosmovisión en que todo se hace en colectivo, pues lógicamente les propones otro estilo de colectividad y ya. No digo que el colectivismo sea per se positivo, también las mafias son así. La manera en que el PRI gobierna es porque todos forman un equipo, cuando tiene un problema el presidente, siempre sacrifican a un chivo expiatorio entre ellos mismos.
 
Volviendo a los logros para las mujeres zapatistas, muchas feministas han tardado en verlos. ¿Cómo leer los derechos de las mujeres zapatistas desde los feminismos de afuera sin incurrir en una mirada colonial?
 
La primera dificultad es que las feministas de afuera dicen y piensan que estas indígenas por defender a sus pueblos no ven sus propios derechos, que los dejan en segundo lugar. Y esa es una típica actitud colonizadora, porque nosotras en nuestro medio jerarquizamos los derechos, tanto los derechos nuestros como mujeres y aquellos que son del colectivo, no consideramos que pueden ir juntos. No podemos entender que ellas los están llevando a la práctica simultáneamente. Las zapatistas no sacan el dedo del renglón de sus derechos como mujeres y, sin embargo, siempre están con los varones, defendiendo la autonomía, el territorio. Están en los dos frentes simultáneamente y eso hay que aprender a detectarlo. Es importante tener un conocimiento básico de los principios filosóficos de su cosmovisión indígena, como la dualidad de opuestos y complementarios en fluidez.
 
Otra cuestión, para ellas la lucha no es de las mujeres “contra” los hombres sino “con” los hombres, y eso cuesta mucho captarlo para las feministas. Y no sólo las hegemónicas (las que han pactado con las élites y el gobierno). Hay otros feminismos que tampoco entienden, quieren enseñarles, ayudarlas a que defiendan sus derechos. ¿Cómo se les ocurre irse a meter a un mundo simbólico totalmente diferente y querer enseñarles cosas vinculadas con el cuerpo y la sexualidad? Entre ellas el cuerpo está cargado de simbolismo, se vincula con el cosmos, la tierra, los ancestros…es algo muy complejo, y las feministas llegan a decirles que no se embaracen, ¿cómo es eso?
 
La gente se está muriendo de muchas enfermedades que son curables, ¿por qué hay dinero nada más para que no se reproduzcan? Es una distorsión del concepto de derechos sexuales y reproductivos. Yo estuve cuando se acuñó en Nueva York el término de salud sexual y reproductiva, abarcaba todo el ciclo de la vida de la mujer y recuperaba el placer sexual como derecho de las mujeres. Pero eso lo borraron los programas de ONG financiados desde EEUU y el Norte geopolítico.
 
En tu trayectoria de defensa de los derechos sexuales y reproductivos, ¿has tenido un vuelco decolonial?, ¿qué te ha supuesto?
 
Claro, por eso dejé todas esas organizaciones. Estuve en Cairo, en Beijing, todo eso financiado por Naciones Unidas. Ya me andaban proponiendo para directora del programa para América Latina de la Rockefeller Fundation. Pero me dí cuenta de que allí había un dinero que no podía ser explicarlo con exclusivas buenas intenciones. Me moví muy arriba y la gente de arriba es cínica. La autoridad máxima para América Latina en la Fundación Rockefeller no tuvo ningún miramiento en decir ‘lo que queremos es que esa gente ya no se reproduzca más’. Fue un choque, me habían dorado la píldora varios años, y realmente había creído que las mujeres podían tener más poder sobre su cuerpo haciendo lo que implementábamos nosotras desde las ONG. Pero se me volvió claro y tardé unos meses en retirarme de un par de ONG que yo misma había fundado aquí en Mexico No podía seguir si me mandaban órdenes desde Washington. Fue duro. Tenía una serie de vínculos, viajaba a todo el mundo, tenía un estatus muy especial, y me puse del otro lado a criticar. Volví a reinventarme en mi ámbito académico, que lo había dejado de lado por este activismo con Naciones Unidas. No me arrepiento de nada.
 
A través de los años he tratado de aprender a respetar las formas particulares que las mujeres indígenas tienen de reclamar sus derechos como mujeres. No reproducen simplemente lo que nosotras deseamos y exigimos. Esa es una gran falacia de muchas feministas, aunque pertenezcan a una izquierda critica. Las demandas de las indígenas tienen que saber reconocerse y evaluarse en todas sus particularidades.